Cada vez que encendemos la televisión o revisamos nuestros teléfonos, parece que algo terrible ha sucedido.
Un conflicto estalla en una región. La violencia sacude otra. La incertidumbre económica afecta a familias en todos los continentes. Los desastres naturales desplazan y destruyen comunidades. La ansiedad aumenta tanto en jóvenes como en adultos.
Los titulares cambian. El estrés y la inquietud permanecen.
No es difícil percibir que el mundo se siente frágil. La estabilidad puede parecer temporal. La paz puede parecer incierta. Incluso los fieles discípulos de Jesucristo no son inmunes al peso de vivir en una época en la que tanto se siente inestable.
Y, sin embargo, cada primavera, la Pascua llega con una declaración que ningún conflicto puede desmentir:
Cristo vive.
La resurrección de Jesucristo no es simplemente una historia sagrada que se recuerda una vez al año. Es el acontecimiento que define la historia de la humanidad. El presidente Russell M. Nelson ha testificado que el sacrificio expiatorio del Salvador “es el acto fundamental de la historia de la humanidad”, lo que nos ayuda a comprender la importancia eterna de Su Resurrección.
Gracias a que Él resucitó, la muerte no es el final. Gracias a que Él venció la tumba, la desesperación no tiene la última palabra.
En un mundo donde tantas cosas parecen inciertas, la resurrección ofrece algo seguro.
La primera mañana de Pascua
En la primera mañana de Pascua, el mundo aún parecía oscuro. El dominio romano no había terminado. La tensión política continuaba. Los discípulos estaban afligidos y atemorizados.
Entonces llegó el mensaje angelical: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:5–6).

La piedra fue removida. La tumba estaba vacía. Lo imposible había ocurrido. Sin embargo, el mundo no se transformó de inmediato. Las dificultades no desaparecieron. La incertidumbre no se desvaneció.
Pero algo extraordinario había ocurrido: la muerte misma había sido vencida. Esa victoria sigue resonando a lo largo de cada generación.
Esperanza en tiempos de incertidumbre
En cada época, las personas se han enfrentado a la incertidumbre. Las guerras, la persecución, las dificultades y las pérdidas han afectado a cada generación. Sin embargo, el mensaje de la Pascua nunca ha cambiado.
Gracias a Jesucristo, toda vida continúa. Toda injusticia será corregida. Toda pérdida puede ser restaurada. Ninguna oración es en vano. Ninguna lágrima es olvidada.
La Resurrección no niega el sufrimiento. Lo sitúa dentro de una perspectiva eterna y nos recuerda que, gracias a Cristo, hay esperanza y sanación.
El presidente Jeffrey R. Holland, el fallecido presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “Debido a que Jesús caminó totalmente solo por el largo y solitario sendero, nosotros no tenemos que hacerlo”.
En un mundo donde muchos se sienten aislados y abrumados, esa seguridad importa. El Salvador comprende el dolor. Comprende el temor. Comprende la injusticia y la soledad. Y debido a que Él vive, nadie atraviesa el sufrimiento sin compañía divina.
El apóstol Pablo declaró: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55).
Estas palabras no son una exageración poética. Son una declaración de verdad.
Gracias a que Él vive, los finales nunca son verdaderamente finales.
El mensaje de la Pascua hoy
Los primeros Santos enfrentaron persecución, desplazamiento y una profunda incertidumbre. Sin embargo, su fe en el Cristo resucitado los sostuvo. Construyeron hogares, sirvieron misiones y adoraron a Dios, no porque las circunstancias fueran fáciles, sino porque su esperanza era firme.
A los discípulos de hoy se los llama a hacer lo mismo.
En hogares cargados de incertidumbre, en comunidades sacudidas por la tragedia y en naciones que experimentan inestabilidad, el mensaje de la Pascua sigue siendo el mismo.
La tumba vacía permanece como un testigo silencioso pero inamovible de que la oscuridad no vence. La violencia no vence. La muerte no vence.
Cristo lo hace.

Gracias a Él, las tumbas se abrirán. Gracias a Él, las familias pueden ser eternas. Gracias a Él, la injusticia no prevalecerá para siempre. Gracias a Él, el dolor puede convertirse en gozo. Gracias a Él, la esperanza está anclada en el poder divino.
En aquella primera mañana de Pascua, el mundo no se volvió repentinamente pacífico. Pero sí se volvió redimible.
Y esa verdad sigue cambiándolo todo.
En cada generación —incluida esta— la Pascua llega con la misma certeza constante: por más pesado que se sienta el mundo, no está sin esperanza. Por más incierto que parezca el momento, el resultado ya ha sido asegurado.
Jesucristo vive.
Y gracias a que Él vive, la esperanza vive.
— Nadia Gavarret es la gerente de traducción al español de Church News.
