J. Scott Miller pasó horas hojeando un libro con poemas de su abuelo, hasta que un título sumamente breve le llamó la atención:
“Háblame, Señor”
El libro —un verdadero tesoro familiar— reunía casi 900 poemas que su abuelo, James Miller, había escrito o revisado.
“Mientras leía el libro, este poema me llamó especialmente la atención”, comentó Scott Miller, y añadió que pensó que podría convertirse en una hermosa letra de himno.
En las semanas siguientes, Miller le hizo unas adaptaciones al poema, cambiando palabras como ‘me’ por ‘nos’ (por ejemplo, en lugar de ‘dame’ utilizó ‘danos’) e incorporándole un estribillo.
“Habla, Señor, que nos colme Tu canto.
Danos, Señor, fuerza en la aflicción.
Haznos, Señor, caminar a Tu lado;
derrama Tu gracia y eterno amor".
Al recordar el proceso de revisión del himno, dijo que sentía que era “una colaboración entre mi abuelo y yo; ambos trabajando en un mismo poema”.
Eso fue hace 17 años.
Un puente entre generaciones
Después de enviar el poema revisado a la Iglesia como sugerencia para un nuevo himno, Miller descubrió que esta obra de su abuelo en realidad era una adaptación de un poema escrito originalmente en 1912 por Gertrude Watson.
Como granjero, James Miller creció con poca educación formal, ya que difícilmente tenía tiempo para estudiar. Comenzó a escribir poemas en la década de 1950. En aquel entonces, un método común para aprender técnicas de escritura consistía en reescribir poemas que a uno le gustaran, cambiando algunas palabras o ajustando el estilo. Esto explica por qué el poema que leyó J. Scott Miller guardaba un gran parecido con el original de Watson.

“Creo que descubrió que la poseía era una forma de entretenimiento, consuelo, alivio e inspiración”, dijo Scott Miller. “Él quería compartir con los demás algunas de las cosas que había aprendido a lo largo de su vida”.
James Miller sabía muy bien lo que significaba necesitar consuelo, alivio e inspiración. En 1947, su hija de 29 años falleció a causa de una enfermedad, dejando tres niños pequeños. Unos 10 años después, su esposa, también falleció debido a complicaciones cardíacas.
“Me di cuenta de que su vida diaria consistía en preocuparse por sus seres queridos, cuidarlos y hacer todo lo posible para consolarlos y también encontrar consuelo él mismo”, recordó J. Scott Miller, “porque fue algo muy doloroso ver morir a las personas que amaba”.
Al volver a leer las palabras del poema, Miller reconoció en ellas la súplica de su abuelo por la intervención diaria de Dios en su vida. Dijo que la esencia del poema, es una oración en la que le pide a Dios: “Háblame en todas las etapas de la vida”.

Con el tiempo, aprendió que cada verso puede reflejar las etapas de la juventud, la adultez y la vejez. Su abuelo, en cada etapa de su vida, tuvo “un modo especial de pedirle ayuda a Dios y que Dios le hablara brindándole consuelo o restauración”, dijo Miller.
Su abuelo cambió los versos que decían “para que, ante la presión de las tentaciones, / el mundo y sus vanidades no cautiven mi alma” por “para que, en medio de mis luchas y afanes, / el mundo y sus dificultades no cautiven mi alma”
“Lo que aprendí sobre él, basado en ese cambio, es que sus propias dificultades en la vida tenían menos que ver con las tentaciones del materialismo y más con los desafíos y problemas que surgían al ganarse la vida y mantener a una familia durante la Gran Depresión, y con enfrentar las tragedias que les tocó vivir”, recordó Miller.
“Eso es lo hermoso de la poesía, la música y la literatura, de todas las formas de arte: muestran las profundidades del ser humano y sus momentos de mayor gozo”, dijo. “Gracias a eso, pude comprender mejor a mi abuelo. La comunicación, aunque no sea perfecta — y es muy imperfecta—, todavía nos permite comprender a otras personas, y esto es lo que Cristo quiere que hagamos mientras estamos aquí”.
Concluir la obra de su abuelo
Miller tenía el deseo de continuar con la adaptación del poema, pero no le fue posible. En 2009 se desempeñaba como director del Departamento de Lenguas Asiáticas y del Cercano Oriente de la Universidad Brigham Young, y en 2015, fue nombrado decano de la Facultad de Humanidades (en inglés), lo cual le dejaba poco tiempo libre para dedicarse al himno.
Sin embargo, en 2018, la Iglesia anunció una convocatoria abierta para la presentación propuestas de himnos para lo que hoy se conoce como Himnos para el Hogar y la Iglesia, una nueva colección de canciones que se utilizarán en toda la Iglesia.
“Cuando se hizo el anuncio, pensé que tenía que retomar la tarea y encontrar aquellos poemas de mi abuelo, sobre todo, aquel en el cual yo había estado trabajando”, dijo Miller.
Volvió a trabajar en la adaptación durante una semana aproximadamente. En todo ese tiempo, un himno navideño tradicional en español, no dejaba de sonar en su mente, era una melodía que parecía ajustarse perfectamente a la métrica del poema.
“Mientras trabajaba en ello, cantaba la canción en mi mente para poder escribir la letra que armonizara perfectamente”, dijo.
Un mes antes de que venciera el plazo, Miller presentó su versión final.
Hoy, 17 años después de que Miller encontrara ese poema de su abuelo, se conoce como el himno N.o 1069: Habla, Señor. La música que se utiliza actualmente fue compuesta por Lex de Azevedo, a solicitud de la Iglesia.
Al recordar el proceso de adaptación y presentación del nuevo himno, Miller dijo: “Creo que es un ejemplo de cómo Dios nos habla”.
“Dios nos habla, y cuando lo hace, si lo escuchamos y estamos dispuestos a recibir el mensaje, transforma nuestra vida de maneras milagrosas”, dijo. “Cuando Dios nos habla, el Dios del Antiguo Testamento, a menudo nos habla con una voz de súplica, llamándonos al arrepentimiento y demás. Pero el Dios de amor al que adoramos en o ración —el Dios que José buscó en la arboleda— cuando nos habla, llena nuestra alma de conocimiento y luz”.
1. Habla, Señor, en lo claro del alba;
plegaria elevamos al amanecer.
Oh, Salvador, en temor y aflicciones
Tu dulce palabra anhelamos creer.
Habla, Señor, que nos colme Tu canto.
Danos, Señor, fuerza en la aflicción.
Haznos, Señor, caminar a Tu lado;
derrama Tu gracia y eterno amor.
2. Habla, Señor, cuando el sol brille alto
y estando cansados temamos caer.
Oh, Salvador, al sentir desamparo
rogamos que aliento y fuerza nos des.
Habla, Señor, que nos colme Tu canto.
Danos, Señor, fuerza en la aflicción.
Haznos, Señor, caminar a Tu lado;
derrama Tu gracia y eterno amor.
3. Habla, Señor, cuando llegue el ocaso
y hallemos descanso de nuestra labor.
Oh, Salvador, que nos cubra Tu manto;
renueva el alma y el corazón.
Habla, Señor, que nos colme Tu canto.
Danos, Señor, fuerza en la aflicción.
Haznos, Señor, caminar a Tu lado;
derrama Tu gracia y eterno amor.

