El sábado 3 de julio de 1976, hace 50 años, los Santos de los Últimos días del valle superior del río Snake, en el sureste de Idaho, se reunieron para disfrutar de un rodeo en conmemoración del bicentenario de la nación.
Más temprano ese día, muchos residentes también habían participado en un desfile, un tanto improvisado, del 4 de julio que recorrió las calles de Rexburg, Idaho. Algunos de los carros alegóricos utilizados en el desfile eran un préstamo de otras ciudades; otros habían sido construidos esa misma mañana y consistían en camiones, camionetas o autos decorados con carteles pintados a mano y cargados de niños y jóvenes agitando banderas.

El desfile y las demás actividades del bicentenario estuvieron a punto de no realizarse. Durante meses se habían estado preparando para una celebración más elaborada, pero cuatro semanas antes de la celebración sobrevino el desastre. La represa Teton se rompió y desató un furioso torrente de agua que atravesó Wilford, St. Anthony, Sugar City, Rexburg y otras comunidades cercanas.
Los eventos para celebrar los 200 años de Estados Unidos tuvieron que cancelarse ya que los residentes se concentraron en el monumental esfuerzo de limpieza.
Sin embargo, “no podíamos dejar pasar ese día sin un desfile”, dijo Clide Anderson, presidente del comité del bicentenario a la revista Ensign. “La comunidad necesitaba esa inyección de ánimo que solo un desfile podía brindar, y queríamos demostrar que, aunque la gente de esta zona había perdido prácticamente todo lo que tenían, seguíamos orgullosos de ser estadounidenses y de nuestra herencia” (“Después de una inundación, otra de fe, esperanza y trabajo arduo”, Ensign, septiembre de 1976, en inglés).
Si bien al desfile le faltó brillo y glamur, lo compensó con el entusiasmo de sus participantes, según informó la revista.
Durante el rodeo, que se llevó a cabo en la localidad cercana de Rigby, Idaho, debido a que las instalaciones del rodeo de Rexburg habían quedado destruidas, un toro salió de un salto por la compuerta, derribando a su jinete en cuestión de segundos. Después de respirar profundamente, el vaquero, todo cubierto de polvo, se puso de pie y regresó a la compuerta para intentarlo nuevamente.

“El jinete de rodeo parecía ser un símbolo de la gente de esta zona”, decía el artículo. La comunidad, compuesta por un 95 por ciento de Santos de los Últimos Días, había sido golpeada por la tragedia, pero un mes después, estaba levantándose y comenzando otra vez.
Hoy, 50 años después, esa resiliencia es el verdadero legado de la tragedia, dijo Jed Platt, director de artes culturales de la ciudad de Rexburg. Platt tuvo un papel fundamental en la planificación y coordinación de la gran variedad de actividades conmemorativas por el 50.o aniversario, así como en la preparación de una exposición sobre estos acontecimientos en el Ayuntamiento de Rexburg.
“Más allá de la devastación que ocurrió cuando se rompió la represa, esta es una historia que verdaderamente representa lo que es la Iglesia, cómo los Santos se hicieron presentes y pusieron en práctica su religión”, dijo Platt.
El desastre
Con una altura de unos 91 metros, casi como la Estatua de la Libertad, la represa Teton, hecha con materiales de tierra compactada, se construyó a fin de controlar inundaciones, proveer agua adicional para riego y generar energía eléctrica a miles de hectáreas agrícolas en el valle superior del río Snake.
Cuando se llenó por primera vez en la primavera y el verano de 1976, el plan era permitir que el embalse de unos 27 kilómetros de largo se llenara lentamente; sin embargo, una acumulación de nieve fuera de lo común provocó un deshielo abundante en la primavera y el embalse se llenó rápidamente.


A las 8:30 h del sábado 5 de junio de 1976, con el embalse casi a su máxima capacidad, partes de la represa recién construida parecían un colador, según informó Church News. Para las 10:00 h, pequeñas filtraciones se habían convertido en enormes agujeros (“La destrucción continúa por 4 días”, Church News, 12 de junio de 1976).
A las 11:57 h, la represa cedió; se abrió una brecha en forma de cuña de unos 300 metros de largo. El agua del embalse comenzó a salir por esa abertura a una velocidad de 56 634 metros cúbicos por segundo, tres veces el volumen de las cataratas del Niagara, según la Asociación Nacional de Protección contra Incendios (en inglés).
Además de las advertencias de evacuación transmitidas por radio y televisión, la policía local recorrió las calles con altavoces y los vecinos pasaron la voz de casa en casa. Cerca de 36 000 personas fueron evacuadas de sus hogares y comercios. Muchos se refugiaron en Ricks College (actualmente la Universidad Brigham Young–Idaho) que estaba ubicada en un terreno más elevado.

Las aguas alcanzaron una altura de 3 a 9 metros. Para las 14:00 h, una gran ola de aproximadamente 4.5 metros golpeó Sugar City; a las 14:30 h llegó con fuerza a Rexburg. Al caer la tarde, la ciudad parecía “una zona de guerra”, informó Church News.
Cuando el presidente de la Iglesia, Spencer W. Kimball, y otros líderes inspeccionaron los daños personalmente la semana siguiente, vieron casas arrancadas de sus cimientos; automóviles en los árboles; carreteras con el pavimento agrietado, erosionado o desplazado; líneas eléctricas y telefónicas caídas; casas hechas pedazos; edificios destrozados como si una bomba los hubiera alcanzado; paredes a las que les habían arrancado el revestimiento de ladrillo; y escombros cubiertos de barro por todas partes (“Miles de Santos sin hogar a causa de inundación en Idaho”, Ensign, agosto de 1976, en inglés).



Las aguas continuaron avanzando durante tres días y recorrieron unos 145 kilómetros hacia el sur a lo largo de las cuencas de los ríos Snake y Teton hasta Idaho Falls, donde el nivel del río subió peligrosamente hasta casi alcanzar el Templo de Idaho Falls Idaho que estaba protegido con bolsas de arena; luego continuaron por Blackfoot y finalmente llegaron a la represa American Falls donde se lograron contener las aguas.
En total, la inundación dejó 11 fallecidos y 25 000 personas sin hogar. Murieron entre 16 000 y 20 000 cabezas de ganado, se dañaron 51 kilómetros de vías férreas, se destruyeron cientos de kilómetros de carreteras y siete puentes.
La inundación también devastó las tierras de cultivo. En algunas zonas, la fuerza del agua arrancó la capa superficial y fértil del suelo hasta una profundidad de entre 1.2 y 1.8 metros, dejando al descubierto la roca; en otras, el agua depositó una capa de piedras y grava de hasta unos 60 centímetros de espesor sobre lo que eran antes tierras cultivables. Las estimaciones de los daños llegaron a alcanzar los 2000 millones de dólares.
Martell Grover del Barrio Rexburg 1, era propietario de una joyería y relojería en la calle Main de Rexburg. Él y su familia lo perdieron todo. “Encontramos un ternero muerto entre nuestra casa y sus cimientos, y una vaca muerta en el patio”, relató Grover en una entrevista para la revista Ensign. “Hemos perdido nuestra casa y el negocio; no hay nada que se pueda recuperar.
“Vinimos a este mundo sin nada, y supongo que se nos está indicando que también podemos irnos de la misma manera”, dijo (Ensign, agosto de 1976).

La respuesta de la Iglesia: Del caos al orden
Roger Wiblin es un profesor de historia en BYU–Idaho que ha revisado cientos de horas de relatos orales en los que los residentes de la zona cuentan sus experiencias durante la inundación. En colaboración con un profesor de la Universidad Brigham Young, Wiblin publicó recientemente esos relatos compilados en un libro con motivo del 50.o aniversario del desastre.
Después de escuchar cientos de historias, Wiblin señaló que extrajo unas cuantas lecciones o temas como resultado de la inundación. Una de ellas es la eficacia de la respuesta de la Iglesia en cuanto a la ayuda humanitaria y frente al desastre.
“La organización de la Iglesia fue un factor clave para que pudiera ocurrir una rápida recuperación”, dijo Wiblin.

Inmediatamente después, los líderes de la Iglesia colaboraron estrechamente con el personal de emergencia para localizar y verificar la situación de las personas y las familias.
Blair Siepert, jefe de policía de Rexburg en 1976, habló sobre una cartelera que había en el centro de operaciones que tenía una lista de 300 nombres de personas que debían ser ubicadas. Según relató en un documental de BYUtv sobre la inundación (en inglés), hablaron con líderes de la Iglesia quienes a su vez convocaron a los maestros orientadores y a las maestras visitantes; para esa tarde, la lista se había reducido a unos 15 nombres.
Wiblin explicó que cuando el gobierno federal envió organizaciones de ayuda, solicitaron un recuento de las viviendas y los negocios dañados o destruidos. “El estado dijo: ‘De acuerdo, les daremos esa información mañana’. Los responsables de la ayuda federal respondieron: ‘No hay manera de que puedan tener eso listo para mañana. Les tomará meses, o al menos semanas, reunir esa información’. Pero a la mañana siguiente ellos tenían todas las cifras que habían pedido, porque mediante el programa de maestros orientadores se recopiló la información rápidamente. De modo que la recuperación de la comunidad cuenta con el apoyo de la Iglesia, lo cual es una gran bendición”.
Además de un sistema de comunicación ya establecido, la iglesia también pudo brindar ayuda para atender las necesidades inmediatas de los desplazados por la inundación. El presidente de Ricks College en aquel momento, el presidente Henry B. Eyring, que actualmente sirve como primer consejero de la Primera Presidencia, puso el campus e incluso los alojamientos estudiantiles a disposición de las familias que se habían quedado sin hogar, en tanto que los servicios de alimentación del campus prepararon cientos de miles de comidas.

La inundación llegó a Rexburg cerca de las 14:30 h el sábado. A las 17:00 h de ese día, un camión cargado de artículos como mantas de lana, tiendas de campaña, colchones, sábanas, pañales y tabletas para purificar agua, ya iba de camino a Idaho desde las oficinas de la Iglesia en Salt Lake City. Otros dos camiones con más de 2200 kilos de alimentos llegaron en las primeras horas del domingo.
“Organicemos el caos a la manera del sacerdocio” fue el lema adoptado por la Estaca Rexburg Idaho Norte (Del caos al orden” A la manera del sacerdocio”, Church News, 19 de junio de 1976, en inglés).
Seis de los nueve barrios de la Estaca Rexburg Norte se vieron gravemente afectados por la inundación, por lo que el presidente de estaca de ese entonces, el presidente Ferron Sonderegger, pidió a seis estacas de Idaho Falls que cada una ayudara a un barrio específico durante la crisis.

El presidente Sonderegger relató cómo los obispos se reunían con miembros del barrio diariamente para evaluar las necesidades. Los obispos por su parte se reunían todas las noches con los presidentes de estaca para coordinar los esfuerzos y recibir informes sobre el progreso.
“Creo que he visto el plan de bienestar funcionar a la perfección”, dijo el presidente Sonderegger. “Oh, yo pensaba que entendía bastante bien el plan de bienestar antes de que esto sucediera, pero ahora lo he visto en acción, y puede ser un ejemplo para todo el mundo”, dijo el presidente Sonderegger (“los afectados por la inundación reciben ayuda”, Ensign, agosto de 1976, en inglés).
Una inundación de tiernas misericordias
Otro tema que Wiblin ha visto manifestarse en lo relatos de los desplazados por la inundación es el reconocimiento de las misericordias del Señor. “Es una experiencia devastadora, pero al reflexionar sobre lo ocurrido, la gente ve aspectos positivos. Se centran en las bendiciones que recibieron gracias a esta experiencia”, dijo.
Uno de los grandes milagros de la inundación que se menciona, es el momento en que ocurrió, dijo Wiblin. La inundación sucedió un sábado por la tarde en junio, cuando todos estaban despiertos y los niños no estaban en la escuela. ¿Qué tal si hubiera sucedido durante la noche o durante la primera gran tormenta de nieve del invierno?



Platt explicó que una de las grandes preocupaciones después del desastre era la propagación de enfermedades y plagas debido a la proliferación de mosquitos y moscas causada por toda el agua estancada. “Sin embargo, hubo bandadas de gaviotas que llegaron durante esas semanas”, relató Platt. Las aves se comieron grandes cantidades de larvas, y ese verano hubo relativamente pocos mosquitos.
Muchos de los voluntarios que trabajaban en los servicios de alimentación del campus relataron situaciones en las que les preocupaba si la sopa, el pan o el chili alcanzarían para alimentar a tanta gente; pero, de manera milagrosa, resultaba suficiente. “Y eso ocurrió una y otra vez”, dijo Platt.
Un hombre que perdió su hogar en la inundación le contó a Plan lo devastado que se sentía por haber perdido los registros de historia familiar, que en aquella época eran todos documentos escritos a mano. Sin embargo, meses después, el hombre recibió una llamada de alguien que vivía cerca de American Falls, a unos 160 kilómetros de distancia, que había encontrado su libro de genealogía en un árbol y que los documentos todavía se podían leer.
Estas experiencias y muchas otras son un testimonio para Platt, dijo, “de que Dios puede hacer milagros a partir del barro”.

Un verdadero ejército de voluntarios
Otra bendición para los sobrevivientes de la inundación fue el verdadero ejército de voluntarios provenientes de Idaho, Utah, Wyoming, California y otros lugares, quienes se convirtieron en la fuerza impulsora de las tareas de limpieza.
“Hay varios [sobrevivientes de la inundación] que dicen” ‘si los voluntarios no hubieran llegado, me habría dado por vencido’”, dijo Wiblin.
El presidente de la Estaca Idaho Falls Sur, Harold Hillam, quien posteriormente llegó a ser Setenta Autoridad General, sirvió como enlace entre las zonas afectadas y el esfuerzo de los voluntarios.

“Calculo que para la primera semana de julio ya habíamos superado el medio millón de horas de trabajo voluntario donadas”, dijo. Para finales del verano, esa cifra aumentaría a un millón.
En una carta a la revista Ensign, la residente de Rexburg, Pat Hepworth escribió acerca del “amor del evangelio en acción”, al ver cómo los voluntarios llegaban a retirar el barro, quitar escombros y limpiar casas y negocios.
“Cada mañana, innumerables autobuses y automóviles, llenos de ayudantes entusiastas, llegaban a la ciudad. Al ver esto, se me conmueve el corazón y se me llenan los ojos de lágrimas. Aquí hay personas que verdaderamente demuestran su amor al sacrificar su tiempo para ayudar a sus hermanos y hermanas necesitados. Creo que de esto se trata el evangelio”, escribió Hepworth.

Entonces añadió: “El desastre de la represa Teton ha sido una tragedia, pero también ha sido un festín espiritual”. El término ‘Santo de los Últimos Días tiene ahora un nuevo significado para mí’”.
Además de los voluntarios, los Santos de los últimos Días del sur de Idaho donaron decenas de palas mecánicas, camiones volcadores, grúas, retroexcavadoras y otros equipos pesados necesarios para ayudar a romper y retirar los escombros que se habían acumulado en las casas, calles, aceras y estacionamientos (“Limpieza se desarrolla sin problemas bajo dirección de la Iglesia”, Church News, 26 de junio de 1976).

A medida que las tareas de limpieza avanzaban, se hizo evidente la urgente necesidad de trabajadores especializados, como plomeros, carpinteros, soldadores y otros. Una semana antes de las celebraciones del bicentenario de la independencia, el 4 de julio, se hizo un llamado a electricistas voluntarios. El presidente Hillam calculó que se presentarían unos cien, como máximo; sin embargo, llegaron quinientos.
Cuando el presidente de Estados Unidos, Gerald Ford, firmó la ley de ayuda para víctimas de inundaciones en septiembre de 1976 (en inglés), reconoció a los muchos voluntarios que acudieron de inmediato para brindar ayuda.
“También debe darse un gran reconocimiento a los numerosos grupos religiosos y de voluntarios representados hoy aquí, los cuales desempeñaron un papel fundamental en los esfuerzos iniciales de ayuda. Cada uno de ellos demostró una gran valentía bajo circunstancias extremadamente difíciles”, dijo el presidente Ford.

La visita del Profeta
El acontecimiento que más impresionó a Garret Case, un miembro del Barrio Rexburg 2, y su familia, fue la visita del presidente Kimball una semana después de la inundación. “El simple hecho de escucharlo hablar nos dio ánimo”, relató Case a la revista Ensign. “Sin la Iglesia, nos habríamos sentido muy desanimados” (Ensign de agosto de 1976).
El presidente Kimball llegó en helicóptero junto con el entonces élder Boyd K. Packer, del Cuórum de los Doce Apóstoles, y recorrió las ruinas de la devastada Sugar City. En dos sesiones celebradas en el estadio de baloncesto Hart de Ricks College el domingo 13 de junio, él y el élder Packer hablaron a unos 8000 Santos de los Últimos Días, la mayoría de los cuales había perdido todas sus pertenencias.

En su diario personal de esa época, el presidente Eyring escribió le llamó la atención la manera en que el presidente Kimball pudo expresar un gran amor, pero solo una pequeña medida de compasión. En cambio, el enfoque del Profeta estaba en seguir adelante (“Yo los guiaré: La vida de Henry B. Eyring,” pág. 282, en inglés).
El presidente Kimball aconsejó a los hombres ejercer su sacerdocio para bendecir a sus esposas e hijos y “recurrir a los cielos en busca de palabras de consuelo inspiradas”. Exhortó a los padres a mantener las rutinas familiares —como la noche de hogar, la oración familiar, etc.— y a dejar que sus hijos hablaran de sus temores y frustraciones.
En cierto sentido, el mayor desafío está por venir. Reconstruyamos de un modo que sea agradable al Señor”, aconsejó (“Víctimas de la inundación tienen renovada esperanza”, Church News, 19 de junio de 1976).

El élder Packer dijo que muchos le habían preguntado: “¿Qué hice mal?”.
“Probablemente nada”, les respondía. “Si vinculan las tragedias, catástrofes y calamidades con el pecado, ¿cómo podemos explicar el sufrimiento de Cristo? Las buenas personas que llevan una vida digna, también pueden verse afectadas por desastres como los que ustedes están enfrentando aquí. La diferencia radica en la manera en que los enfrentan”.
Entre la primera y la segunda sesión, el presidente Kimball tenía previsto dirigirse a los líderes del sacerdocio del área. Sin embargo, al finalizar la primera sesión, la gente acudió al frente para estrechar la mano del Profeta.
“Los padres llevaron hasta el estrado a sus hijos pequeños por decenas, y el presidente Kimball gentilmente estrechó la mano de cada uno de ellos, incluso las pequeñas manos de los bebés. Fue un momento conmovedor y algo que la gente, que había sufrido tanto, necesitaba para levantarles el ánimo y fortalecerlos”, informó Church News.
Cuando le preguntaron sobre qué había visto en su recorrido por la zona, el presidente Kimball respondió: “La devastación es terrible, pero las personas son valientes y tienen una gran fortaleza”.
La visita del presidente Kimball confirmó la validez de las vivencias de quienes sufrieron la inundación, dijo Platt. “Su mensaje de esperanza les dio valor para decir: ‘Está bien, no hemos hecho nada malo. Arremanguémonos y pongámonos a trabajar’”.
Wiblin dijo: “Él los animó a ponerse a trabajar, y eso hicieron”.
Larry Saunders, residente de muchos años y ex miembro del cuerpo docente de Ricks College, señaló que quienes visiten Rexburg hoy tendrían dificultades para darse cuenta de que allí hubo una inundación. “Porque todo se reconstruyó. Muchas cosas cambiaron, pero hoy no lo notarían”, comentó Saunders (“El desastre de la represa Teton”, documental de PBS).

La represa Teton 50 años después
La semana en que se conmemoró el aniversario, personas de todo el país se reunieron en Rexburg para participar en actividades conmemorativas, entre ellas nuevas exposiciones, recorridos a pie, un paseo por el río, una exhibición de autos, un desfile de modas inspirado en el pasado, mesas redondas y varias oportunidades de servicio.
La inundación “fue un acontecimiento que moldeó nuestra comunidad”, dijo Platt, “y no fue algo que simplemente se observó desde afuera. Nos afectó a todos”.
Darles a las personas la oportunidad de “recordar, conectarse y servir”, así como reflexionar sobre las lecciones aprendidas, tuvo un efecto profundo, dijo Platt. “Vale la pena recordarlo”.
Platt Señaló que todavía continúan recopilando y documentando relatos y experiencias sobre la inundación. Quienes estén interesados pueden escribir a arts@rexburg.org.
