Los peatones que caminaban por la calle Boyacá en Machala, Ecuador, vieron una espesa columna de humo que emergía de un edificio de tres pisos alrededor de las 11:30 h del 18 de enero. El edificio, utilizado para la venta de ropa y textiles, se incendió inesperadamente.
En cuestión de minutos, las llamas, alimentadas por materiales inflamables dentro del edificio, como esponjas y plásticos, se propagaron rápidamente y alcanzaron grandes alturas, informó la Sala de Prensa de la Iglesia en Ecuador.
Inmediatamente, miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días llegaron al lugar para brindar asistencia a los afectados, y el departamento de bomberos local llegó al edificio para detener la propagación del fuego a las casas vecinas.

Miembros de la Sociedad de Socorro, del cuórum de élderes y de los programas de jóvenes del Barrio Boyacá, además de miembros de barrios vecinos de la Estaca Machala, Ecuador, llegaron al lugar con escobas, palas, mascarillas y un generador eléctrico para ayudar en las labores de limpieza y remoción de escombros.


“Es muy lamentable lo ocurrido con la familia damnificada. Ver que más de la mitad de sus bienes fueron consumidos por las llamas me llenó de tristeza”, expresó Carlos Rugel, uno de los voluntarios. “Sin embargo, al observar a tantos miembros de la Iglesia ayudando hombro a hombro, sentí que, incluso en medio de las adversidades, siempre hay una luz de esperanza. Nuestro Padre Celestial nunca nos abandona”.
Después de que el incendio hubo pasado su curso, los miembros sirvieron a su comunidad hasta bien entrada la tarde y la noche.
La solidaridad mostrada por los miembros de la Iglesia despertó el interés y la admiración de la comunidad, que también se sumó a la obra tras ver el ejemplo de los miembros. La conmovedora escena motivó a más de una docena de medios de comunicación digitales a transmitir en vivo los detalles del esfuerzo colectivo.
Erika Flor, otra miembro de la Iglesia y voluntaria, también reflexionó sobre esta experiencia: “Fue inspirador ver a los miembros de la Iglesia apoyando hasta entrada la noche. A pesar del cansancio y la suciedad, seguían allí, unidos. Me llenó de felicidad ver esa solidaridad. Somos las manos del Salvador aquí en la tierra, y lo demostramos mediante el servicio”.

