Una sencilla oración produjo una ola de ayuda por parte de vecinos y miembros del Barrio Clarksville para una familia de Clarksville, Maryland.
Después de hablar con sus dos hijos misioneros —el élder Sebastian Spencer y la hermana Eleanor Spencer, que se encuentran sirviendo en Mongolia y en la Manzana del Templo, respectivamente— Amber Spencer ofreció una silenciosa oración el 27 de octubre de 2025. Inspirada por el deseo de servir de sus hijos, rogó poder servir de un modo que estuviera a su alcance.
La mañana siguiente comenzó como cualquier otro día para ella en Clarksville. Spencer se subió al auto para llevar a su hija a la escuela; estaban más atrasadas que de costumbre porque la hija de había quedado dormida.
“Era mi día libre y no tenía que dar clase, así que salí de casa en pijama; solo era ir y volver de la escuela, nadie me iba a ver”, escribió Spencer en su diario. “Al menos, eso fue lo que pensé”.
Cerca de las 7:30 de la mañana, el tránsito se detuvo por completo. Spencer condujo hasta donde estaba el vehículo que causaba la demora: un auto blanco con las luces intermitentes de emergencia encendidas. Le preguntó al conductor si necesitaba ayuda para hacerlo arrancar, y él respondió entre lágrimas que era su único auto, que la transmisión se había averiado y que su mayor preocupación era llevar a su hija a la escuela.

Spencer se ofreció a llevar a la niña a la escuela, y en cuanto subió al auto, notó que las lágrimas le corrían por las mejillas.
“Vi unas lágrimas enormes rodando por sus mejillas”, dijo Spencer. “Le dije que lamentaba que la vida fuera tan dura”.
La niña respondió: “Es el único auto que tenemos. Estaré bien, pero estoy preocupada por mi papá”.
Spencer, quien había prometido regresar y ver como estaba el padre de la niña, dijo que le rompió el corazón verla entrar a la escuela mientras se secaba las lágrimas.
Cuando Spencer regresó al auto averiado, el tránsito se había congestionado aún más. En pijama y pantuflas, se bajó del auto y trató de ayudar al hombre a empujar el vehículo fuera de la carretera.
Pero no se movió ni un centímetro.
“Oré para que alguien más se acercara a empujar, pero nadie lo hizo”, relató Spencer. “Así que caminé hasta el centro de la carretera, en pijama y pantuflas, y levanté las manos para detener a una camioneta grande. Esperaba que viniera un hombre fuerte en ella”.
Para su sorpresa, en la camioneta iban cinco jugadores de fútbol americano de la secundaria local. Los muchachos rápidamente bajaron del vehículo y empujaron el auto hasta un estacionamiento cercano, colocándolo con orgullo perfectamente entre las líneas de un espacio. Después le dieron unas palmaditas en la espalda al hombre, le ofrecieron palabras de aliento y se dirigieron a la escuela.
Spencer le preguntó al hombre qué pensaba hacer. Él dijo que planeaba caminar las dos millas hasta su casa, así que ella se ofreció a llevarlo. Durante el viaje, él le contó que había perdido su trabajo, que lo habían desalojado de su casa y que su familia enfrentaba las dificultades de mudarse a un lugar más pequeño.
Sintió la inspiración de hablarle sobre la oración que había ofrecido la noche anterior y de cómo se estaba esforzando por seguir el ejemplo de sus hijos misioneros. El hombre reconoció de inmediato sus nombres, pues su hija mayor había tocado en la orquesta junto con Sebastian y Eleanor.
Ambos aplaudieron y coincidieron en que: “Dios está pendiente de nosotros. Es tan bueno”.
Spencer se daba cuenta de que, aunque el dinero podría ofrecer ayuda a corto plazo, no solucionaría todo. Por eso pensó en recurrir a quienes sabía que podrían apoyarla más: su familia del barrio.
Le preguntó si podía enviar un correo electrónico a los vecinos, a la comunidad y a la congregación de su Iglesia para ver si alguien conocía alguna oferta de trabajo. “Escribí un correo electrónico donde relataba toda la historia: cómo había orado, que estaba en pijamas, cómo aparecieron los jugadores de fútbol americano y cómo esta familia necesitaba ayuda. Lo que sucedió después fue algo increíble”.

En menos de diez minutos la gente empezó a responder.
“Alguien dijo que iba de camino a Home Depot, una tienda de materiales de construcción, para comprar cinta adhesiva para empacar”, dijo Spencer. “Otra persona dejó comida de Chipotle, un restaurante de comida mexicana. Alguien más dejó 200 dólares en el buzón junto con una nota que decía, como la escritura, ‘Sed de buen ánimo’. Otros llevaron la cena, dieron 50 dólares y fueron a comprarles alimentos”.
En menos de dos horas, el hombre consiguió un trabajo —con horarios programados para todos los días del resto de la semana. Los miembros del barrio le prestaron un auto a la familia, organizaron un calendario para llevarles la cena y continuaron rodeándolos de amor y apoyo.
Lo que Spencer vio como respuesta a su oración, la familia lo percibió como una respuesta a sus propias oraciones.
El apoyo no terminó allí. Con el paso de los días, la relación de Spencer con la familia siguió creciendo, mientras los miembros del barrio y los misioneros continuaban en contacto, proporcionando comidas, transporte y palabras de aliento.
Aún hoy, la familia continúa sirviendo a los Spencer y a quienes los ayudaron.

Al mirar atrás, Spencer ve la experiencia como un recordatorio de que Dios está atento a cada detalle.
“Tengo la sensación de que Dios está jugando al ajedrez”. “Mueve una pieza, después otra, y justo en el momento adecuado, todo encaja a la perfección”.

