Antes de crear las esculturas para la Manzana del Templo en Salt Lake City, la trayectoria artística del escultor Michael Hall estuvo marcada por giros inesperados, entre ellos desafíos económicos y de salud. Llegó a cuestionarse si realmente estaba hecho para esa profesión. Sin embargo, al perseverar en el desarrollo de sus dones y talentos, Hall descubrió que su relación con Dios también se fortalecía en el proceso.
Al reflexionar en su trayectoria artística y espiritual, Hall habló con Church News acerca del proceso de crear dos esculturas —una de Jesús cargando la cruz y otra de la Primera Visión de José Smith— para la recientemente renovada Manzana del Templo.
En una entrevista publicada el 2 de junio en el pódcast de Church News (en inglés), Hall habló sobre su infancia, como llegó a reconocer la mano de Dios en los detalles de su vida y el proceso de representar a Jesucristo en su obra.
Desde el principio, su familia —incluida una madre amorosa y un tío con gran talento— fomentó en él el amor por el arte.
Cuando era niño, su tío abuelo Avard Fairbanks (en inglés) le puso un cincel y un pincel en las manos y lo animó a ayudarlo a esculpir una estatua de mármol en la que estaba trabajando.
Años después, cuando era un adolescente, Hall emulaba a Miguel Ángel al reproducir obras del artista en las paredes de cemento del sótano sin terminar de la casa de sus padres. De esta manera esperaba llegar a dominar la técnica del artista renacentista.

Desarrollo de talentos mediante el servicio
Su amor por el arte continuó mientras servía como misionero en Rusia, donde tuvo la oportunidad de conocer obras en los museos de San Petersburgo, incluido el Museo del Hermitage.
A cambio de su servicio, el museo les ofreció entrada gratuita a Hall y a su compañero.
El Museo Hermitage, cuyo nombre proviene de una palabra francesa que significa, “lugar de soledad”, se convirtió en un lugar de meditación para Hall.
Las obras de arte que se exponían en el museo, como una escultura de mármol de Miguel Ángel, junto con el apoyo de su compañero, ejercieron una profunda influencia en él.
“Al llegar a ese punto ya tenía claro el rumbo que quería darle a mi vida”, dijo.
Aunque a Hall siempre le habían gustado las artes visuales —entre ellas la pintura, el dibujo, la escultura y la fotografía— la oportunidad de iniciar un negocio con su hermano lo desvió de ese camino por un tiempo.
“Seguía recibiendo la impresión de que debía centrarme en mi arte”, reflexionó Hall, recordando las impresiones espirituales recurrentes y a la guía que recibió de los miembros de su familia.

Seguir las impresiones del Espíritu
Hall siguió con valentía esa impresión espiritual y regresó al arte, estudiando con el artista suizo Patrick Devonas, quien le aconsejó que se dedicara por completo a la escultura. Él siguió ese consejo —y continúa trabajando en esculturas 20 años después.
Los mentores como Devonas y miembros de su familia le hablaron “verdades que el Padre Celestial quería que yo comprendiera”, dijo.
Siempre había deseado representar al Padre Celestial y a Jesucristo a través de su arte y, si era posible, desarrollar una relación con Ellos en el proceso.
El trayecto entre las aspiraciones y el trabajo como artista presentó varios obstáculos.
“Hubo muchas ocasiones en que quise rendirme”, comentó Hall. Las dificultades financieras y de otro tipo lo desanimaban constantemente a seguir una carrera como artista.
Aun así, sentía un llamado a esa vocación; y aunque las dificultades aumentaban, la confianza de que sería bendecido por dedicarse profesionalmente al arte lo mantenía motivado.
Entonces ocurrió lo inesperado: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días le solicitó que enviara una carpeta con muestras de su trabajo artístico (portfolio), y tras una cuidadosa revisión, fue seleccionado como finalista para crear esculturas para la Manzana del Templo.
La revelación en el arte
Lo que comenzó con la presentación de sus obras, se convirtió en un intercambio con la autoridad profética y con otros artistas.
Al escuchar a los líderes de la Iglesia, Hall tenía la certeza de que ellos contaban con una perspectiva especial sobre la escultura, “aunque yo era el artista y ellos no eran artistas profesionales”.
Tras un extenso proceso de perfeccionamiento realizado en colaboración con líderes como el fallecido presidente Russell M. Nelson y el élder Gérald Caussé, —quien servía como obispo presidente antes de ser llamado al Cuórum de los Doce Apóstoles—, la propuesta de Hall de una representación de Cristo cargando la cruz se hizo realidad.
Llamó a su escultura “Jesucristo cargando la cruz”. La obra representa, además de Jesús, a tres personas para simbolizar diferentes sistemas de creencias, señaló Hall. La figura más cercana a Jesús es una mujer judía; directamente detrás de ella, una mujer romana, y la tercera es un soldado romano con su casco bajo el brazo.
Hall explicó que lo hizo con la “esperanza de que quien contemplara la obra pudiera identificarse con alguna de esas figuras”.
Más adelante, Hall recibió el encargo de esculpir la Primera Visión.
Eligió representar a José Smith sentado descalzo y extendiendo los brazos hacia las figuras del Padre Celestial y Jesucristo, con el dedo de José Smith evocando la imagen del dedo de Adán extendido hacia el de Dios en la pintura de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina.

José se encuentra descalzo para aludir al relato bíblico de Moisés, en el cual mostró reverencia al quitarse los zapatos en la presencia del Señor (véase Éxodo 3:5).
‘¿Como representar a Dios?’
Hall reconoció sentirse profundamente humilde durante el proceso.
“¿Cómo representar a Dios? ¿Cómo se representa a Dios de tal manera que ayude a las personas a sentir el Espíritu y no a mirar la obra con una actitud constantemente crítica?”
Guiado por el Espíritu Santo, Hall buscó que Jesús fuera el punto central del conjunto. Con esto en mente, colocó a Dios el Padre ligeramente por encima de Jesús, y a Jesús más cerca de José.

“El Padre Celestial está dando la gloria a Su Hijo, dándole el primer lugar”, señaló Hall al referirse a la ubicación de las figuras.
En el proceso de creación de la obra, Hall reflexionó sobre los milagros que experimentó, entre ellos recibir revelación, una mayor paz en su vida y el gozo y la felicidad de saber que el Padre Celestial y Jesucristo lo conocen y lo aman.
Ese conocimiento del amor de Dios —“no lo cambiaría por nada”—.

