En la pista, Noelle Pikus Pace corría a toda velocidad, se lanzaba de cabeza sobre su trineo de skeleton y descendía por el hielo a unos 145 km por hora. Fuera de la pista, aprendía a arrodillarse, a hacer convenios y a confiarle a Dios los resultados que no podía controlar.
En un podcast reciente de Church News, la medallista olímpica, conferencista motivadora, autora, esposa y madre, reflexionó sobre su trayectoria marcada por un accidente devastador, la frustración de no obtener una medalla olímpica en 2010 por una décima de segundo y un retorno centrado en la familia que culminó con una medalla de plata en 2014 (todos en inglés) —todo ello enmarcado en su fe en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Explicó que muchos solo vieron la victoria olímpica y el podio, pero para ella fue un camino lleno de sacrificio, esfuerzo, emoción y gozo. “Tuve que atravesar esos valles antes de poder contemplar el panorama”.
‘La sanación realmente llega’

El peor momento llegó justo cuando su sueño parecía seguro. Estando clasificada como número uno del mundo al comenzar las pruebas olímpicas de 2006, Pikus Pace fue golpeada por un trineo de bobsled fuera de control que le destrozó la pierna — y con ello, también su camino hacia Turín, Italia.
“Fue en ese momento de mi vida que dije: ‘Padre Celestial, pensaba que era aquí donde debía estar. Pensaba que Tú querías que hiciera esto’”, recordó y añadió que “sanar, lleva tiempo, ya sea física, mental, espiritual o emocionalmente — pero con el Señor a nuestro lado, la sanación realmente llega”.
Al regresar a la competición, su oración cambió: dejó de insistir en un resultado específico para someterse a la voluntad de Dios. “Podemos tener fe, pero si no tenemos la valentía de actuar según esa fe, entonces, ¿dónde nos deja eso? Al tener la valentía de decir: ‘Padre Celestial, confío en Ti, y voy a poner mi vida en Tus manos’, Él pudo hacer algo aún más hermoso de lo que yo hubiera podido imaginar”.
Alivio tras quedar en cuarto lugar

Cuatro años después, en Vancouver, ese resultado —recordado por millones por la diferencia de apenas una décima de segundo— se convirtió, para ella, en una lección sobre identidad y perspectiva. Después de su cuarta y última bajada, que le valió un “cuatro” junto a su nombre en el panel de resultados, sintió algo inesperado.
“Recuerdo que lo único que sentí fue alivio”, dijo y añadió “Quería que todo terminara aún antes de empezar”.

Explicó que se sentía dividida: “Deseaba con todas mis fuerzas estar con mi hija y mi esposo. … Cada vez que competía quería estar en casa, y cada vez que estaba en casa sentía que debería estar compitiendo”.
Sintió la necesidad de alejarse por un tiempo, aprendió a dedicarse más plenamente a su hogar y volvió a buscar la guía de Dios.

Regresar — como una familia que cumple los convenios
La decisión de regresar para los Juegos Olímpicos de 2014 en Sochi, Rusia, nació de un deseo compartido con su esposo, Janson, de vivir esa experiencia juntos. “Solo seguiríamos adelante si podíamos hacerlo como familia, y así mostrar valores familiares sólidos y edificantes y compartirlos con el mundo”.

Durante ese período, encontró fortaleza en el consejo de los líderes. Como presidenta de las Mujeres Jóvenes de estaca, volvió a usar la medalla de las Mujeres Jóvenes después de escuchar un mensaje de liderazgo que invitaba a ayudar a las jóvenes “a ver quiénes son y hacia dónde orientar su vida”.
“Me enseñó a vivir … sin excusas”, dijo, entonces añadió: “Dios desea un pueblo con fortaleza. Quiere que seamos fuertes, capaces y usemos nuestros talentos para hacer el bien”.
Su humilde oración antes de la carrera final en Sochi refleja su discipulado: “De primera, segunda o el último lugar, incluso una caída, pase lo que pase, que se haga Tu voluntad. Ayúdame a saber qué decir… para que pueda ser una luz y vivir a la altura del potencial que Tú ves en mí”.
Más adelante, los jóvenes le dijeron que, al verla en la televisión, reconocieron que era una Santo de los Últimos Días por su collar.

“No tenía la menor idea”, dijo y añadió: “No necesitaba decir lo que había planeado, pero el Padre Celestial estuvo guiando mi vida todo el tiempo”.
Jesucristo ha sido su apoyo en todo momento. “Necesito al Salvador a mi lado”, dijo.
Encontrando su verdadera identidad

Pikus Pace reconoció la crisis de identidad que muchos atletas, así como muchos discípulos, experimentan en distintas etapas de la vida. En este contexto, citó las enseñanzas del presidente Russell M. Nelson sobre nuestras tres identidades esenciales: hijo de Dios, hijo del convenio y discípulo de Jesucristo.
“Saber que soy una hija de Dios me ayuda a esforzarme por guardar mis convenios todos los días, y al hacerlo tengo la certeza de que mi senda no se desviará”, afirmó. “Sé que… todo saldrá bien, incluso saldrá mejor que bien”.

