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Joel Randall: Ver la belleza del plan de Dios a través de los tiempos y las estaciones

‘Este hermoso mundo es prueba divina de que no fuimos creados para permanecer siempre en una sola etapa de la vida’

El audio del artículo solo está disponible en inglés.

Mi época favorita del año son las dos primeras semanas de cada estación. ¿Hay algo mejor que las primeras flores, las primeras hojas que caen o los primeros copos de nieve?

Siempre me han encantado los perales Bradford en flor que abundan por toda Salt Lake City. Ya sé que huelen a pescado echado a perder, pero ese aroma me trae una nostalgia especial y gratos recuerdos de las vacaciones de primavera de años pasados.

He notado que las delicadas flores blancas ya han desaparecido por completo de los árboles, y me entristece pensar que no las volveré a ver hasta la próxima primavera.

Sin embargo, también reconozco que la belleza del plan del Padre Celestial se refleja en el cambio de las estaciones.

En su infinito amor, Dios nos enseña que cada estación tiene su tiempo. Este hermoso mundo es prueba divina de que no fuimos creados para permanecer siempre en una sola etapa de la vida.

Si, disfrutamos de los copos de nieve y del chocolate caliente en invierno, pero ahora demos la bienvenida al renacer de la primavera. Y sí, en algún momento dejaremos atrás los coloridos tulipanes, pero llegaremos a deleitarnos con el calor del verano.

Las estaciones nos enseñan que hay momentos para atesorar ahora, pero que nos aguardan otros aún mejores a medida que avanzamos.

Al parecer, el autor de Eclesiastés sabía esto muy bien. En el capítulo 3, versículos 1-7 dice:

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora:

Tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado;

tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de destruir y tiempo de edificar;

tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentar y tiempo de bailar;

tiempo de esparcir piedras y tiempo de juntarlas; tiempo de abrazar y tiempo de abstenerse de abrazar;

tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de guardar y tiempo de desechar;

tiempo de rasgar y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar”.

Esta sencilla distinción de las estaciones se pierde en el ajetreo de la vida diaria. Tal vez dudamos en dejar atrás algún resentimiento del pasado o nos inquietan las decisiones que tendremos que tomar en el futuro. Pero al confiar en el plan del Señor, Él nos muestra que las estaciones pasadas, presentes y futuras tienen cada una su tiempo y su lugar.

La estatua del Cristo se alza imponente durante la sesión del domingo por la tarde de la 196ª Conferencia General Anual de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en el Centro de Conferencias en Salt Lake City el domingo 5 de abril de 2026. | Scott G Winterton, Deseret News

En la conferencia general de abril de 2026, el presidente Henry B. Eyring, primer consejero de la Primera Presidencia, testificó que si oramos continuamente, sean cuales sean las circunstancias de la vida, el Señor nos ofrecerá Su paz y Su apoyo perdurable.

“La oración constante en los momentos de gozo, y también durante las épocas de angustia y aflicción, ciertamente será recompensada de acuerdo con la voluntad de Dios y en Su tiempo perfecto”, dijo.

Es posible que un error, pecado, remordimiento o aflicción del pasado nos mantenga aferrados a una etapa anterior. Sin embargo, el ejemplo esperanzador de nuestro Salvador nos muestra cómo avanzar hacia una nueva etapa.

La presidenta general de las Mujeres Jóvenes, Emily Belle Freeman, también en la conferencia de abril de 2026 dijo: “Jesucristo conoce bien los mejores y los peores días: un sufrimiento tan grande que se envió a un ángel para fortalecerlo, la traición de un buen amigo, la cruz en el calvario.

“Pero Su relato también tiene un huerto, una piedra quitada y un sepulcro vacío.

“Gracias a Él, por muy mal que estén las cosas en este momento, sus mejores días están por llegar.

“Jesucristo es nuestra fortaleza”.

Recuerdo un invierno de hace unos años que parecía no terminar nunca.

Un día de mucha nieve, miré a la naturaleza directamente a los ojos y le dije con ternura: “Está bien, déjalo ir. El invierno tuvo su tiempo, pero ya pasó. Es el momento de avanzar y florecer. La primavera te necesita”.

Unas semanas después, me sentía terrible por un error que había cometido en un llamamiento, y me sentía un fracasado que nunca estaría a la altura. Entonces, al mirar por la ventana, ¿qué vi? Los árboles que antes estaban desnudos ahora florecían en la gloria de la primavera.

Flores blancas en un árbol.
Un árbol de peral de Bradford en flor. | Loraine - stock.adobe.com

Parecía que, al empezar a florecer, los árboles trataban de decirme algo: “Está bien, déjalo pasar. El invierno tuvo su tiempo, pero ya pasó. Está bien dar paso a los pimpollos. La primavera te necesita”.

Nuestro amoroso Dios —Aquel que hace florecer los árboles, guía la caída de las hojas y dirige a los copos de nieve en la brisa— ciertamente establece los tiempos de nuestro crecimiento hacia nuevas etapas.

Sé que, gracias al sacrificio expiatorio de nuestro Salvador, podemos avanzar hacia estaciones más cálidas, sin importar cuán frío haya sido nuestro invierno.

— Joel Randall es reportero de Church News.

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