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Historia de fe y conversión de casi 40 años tras el anuncio del templo de Bacolod

Cora Jardeleza, centro, y su madre, Concepción Jardeleza, con el élder Keith Eager, izquierda, en el bautismo de las Jardeleza en Bacolod, Filipinas, en 1980. Crédito: Cortesía de Cora Ius
De pie en la pila donde fueron bautizadas en Bacolod, Filipinas, en 1980, se encuentran Cora Jardeleza Ius (derecha), y su madre, Concepción Jardeleza (segunda desde la izquierda), junto a Keith Eager (segundo desde la derecha) y Michael Moore Reed (izqui Crédito: Cortesía de Cora Ius

El anuncio de nuevos templos siempre es una ocasión gozosa, pero escuchar al presidente Nelson en la conferencia general de octubre de 2019 anunciar que se construiría un templo en Bacolod, Filipinas, me dejó en estado de conmoción. No solo es la tierra natal de mi madre, y donde aún vive su familia, sino que es donde se unió a la Iglesia y soportó años de persecuciones por ello.

Para mí, tener un templo allí es un símbolo del poder y las bendiciones de la fe. 

Miembros de todo el mundo reaccionan al anuncio de 8 nuevos templos del presidente Nelson

En 1980, mi mamá, Cora Jardeleza Ius, era una estudiante universitaria de 20 años y trabajaba a tiempo completo. La familia Jardeleza se había mudado al área de Bacolod hacía una década, luego de la muerte de mi abuelo. Criar seis niños estando viuda era prácticamente imposible para mi abuela, Concepción Jardeleza, así que se mudaron para estar más cerca de sus familiares. Cuando llegaron los misioneros, ellos estaban viviendo en una casa que pertenecía a una tía, y tenían varios tíos y tías como vecinos. 

Cuando mi madre finalmente aceptó escuchar a los misioneros, solo tardó dos semanas en leer el Libro de Mormón y darse cuenta de que no podía negar la verdad. Aunque la familia quería bautizarse, al principio rechazaron la invitación porque se daban cuenta de que podía significar la ruina para su familia.

“Todos esos años, las dos hermanas solteras de mi mamá y su tía fueron nuestro principal apoyo económico”, explicó mi mamá. “Podían opinar sobre cómo vivir nuestras vidas debido al apoyo que nos daban.”

Bautizarnos podía significar el destierro de nuestra familia, pero mi madre y su familia también sabían que la Iglesia era verdadera. Así que decidieron bautizarse en secreto.

De pie en la pila donde fueron bautizadas en Bacolod, Filipinas, en 1980, se encuentran Cora Jardeleza Ius (derecha), y su madre, Concepción Jardeleza (segunda desde la izquierda), junto a Keith Eager (segundo desde la derecha) y Michael Moore Reed (izquierda). Foto tomada en mayo de 2019.
De pie en la pila donde fueron bautizadas en Bacolod, Filipinas, en 1980, se encuentran Cora Jardeleza Ius (derecha), y su madre, Concepción Jardeleza (segunda desde la izquierda), junto a Keith Eager (segundo desde la derecha) y Michael Moore Reed (izquierda). Foto tomada en mayo de 2019. | Crédito: Cortesía de Cora Ius

Mamá solía decirme que al principio le costó entender la fe de los primeros santos. ¿Cómo pudieron soportar tanto por una religión? No se daba cuenta de que ella y su familia también tendrían que luchar por su fe cada día por varios de los siguientes años después de bautizarse.

Una sucesión de eventos comenzó cuando la familia extendida descubrió lo sucedido. Casi de inmediato, la tía de mi madre, que era dueña de la casa, vino para atacar a mi abuela.

De acuerdo con mi madre, mi tía dijo que “si no volvíamos a nuestra antigua religión, se nos quitaría todo lo que teníamos.”

De alguna forma, así fue. Les prohibieron participar de todas las reuniones familiares. Les gritaban en público y en privado. Los humillaron por no poder participar del funeral de un amado miembro de la familia.

Quizás la culminación de la persecución ocurrió ni más ni menos que una tarde de domingo, al volver de la Iglesia.

“Vimos que la mitad de la casa había sido demolida. Mi tía le dio permiso a su hermano — mi tío y sus hijos, que vivían al lado — para destruir nuestro hogar. Nos dieron un ultimátum para abandonar la casa si no renunciábamos a nuestra membresía en la Iglesia.”

Sin embargo, ni siquiera la vista de un hogar destruido y la pérdida de todas sus posesiones materiales pudieron sacudir lo suficiente a la familia como para apartarse de lo que sabían que era verdad.

“Decidimos mantenernos firmes y permanecer en una casa semi-destruida hasta el fin del año escolar”, me dijo ella.

Mi mamá perdió amigos y familiares. Le dijeron que todo lo que le estaba ocurriendo era simplemente un castigo de Dios, pero ella sabía la verdad. La Iglesia se convirtió en su hogar y le trajo mucha alegría, incluso en medio de las aflicciones y el dolor. Se aferró al sentimiento de integridad y paz que la había envuelto luego de su bautismo.

A pesar de la persecución, estaban “llenos de fe.” Querían compartir el evangelio y ayudar a otros a ver por qué se mantuvieron firmes. Luego de solo tres meses, habían traído otras cinco familias a la Iglesia. Ella deseaba servir su propia misión; sin embargo, se fue del país para encontrar un trabajo que pudiera ayudar a mi abuela y pagar las misiones de su hermana y hermano menores.

“Luchamos mucho para mantener nuestros testimonios.”

En la actualidad, ese hermano es un presidente de estaca, y los cinco hijos de su hermana han servido misiones de tiempo completo. Hasta el día de hoy, los Jardeleza son conocidos en el área por su compañerismo y ayuda en hacer crecer la Iglesia allí.

Al observar la vida de mi madre, no me es difícil ver cómo, desde ese momento en adelante, se convirtió en una de las siervas más dedicadas de Cristo. Su fe y amor por el evangelio son inquebrantables.

“Luchamos mucho para mantener nuestros testimonios”, me dijo mi madre.

Y ahora, ver la construcción de un templo en un lugar donde hubo tantas bendiciones y dolor al mismo tiempo me brinda una confirmación personal de que todo valió la pena.

“Creíamos que, si podíamos mantenernos fuertes, quizás podríamos usarlo como una herramienta para convencerlos, algún día, de que permanecer fiel significa más que solo ser un miembro”, dijo ella. “Cambia las vidas y trae bendiciones enormes.”

Lloré al escuchar el anuncio del templo, debido a que sé todo lo que mi propia madre tuvo que soportar, y a que soy parte de ese legado. Ese es el motivo por el cual mi madre suspiró en voz alta — sentada en el Centro de Conferencias, al escuchar el anuncio en persona — y su corazón se inundó de emoción.

El templo es la casa del Señor, un símbolo de santidad y de la importancia de los convenios. Pero el Templo de Bacolod significará mucho más para mí y mi familia. Es un recordatorio del poder de la fe y la perseverancia de los pioneros modernos.

La historia de mamá comenzó hace 39 años, pero su legado y la influencia de esa decisión afectarán las vidas de generaciones pasadas y futuras. En la actualidad, ocurren historias similares a la de ella en todo el mundo, y las bendiciones de esa fe se hacen evidentes en los anuncios regulares de templos y en el crecimiento de la Iglesia.

“Sufrimos muchas duras pruebas”, dice mi madre al contar su historia. “Pero, gracias a nuestra fe inquebrantable y nuestro testimonio del evangelio, puedo decir que, a pesar de nuestras pruebas, las bendiciones son innumerables.”

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